Sin referirnos aquí a algunos de esos movimientos eclesiales (catequético, litúrgico, apostólico, laical, pastoral) que tanto contribuyeron a forjar su personalidad sacerdotal, nos centramos exclusivamente en el movimiento misionero: las “Misiones”, como éste se denominaba y vivía entonces en España, sobre todo tras la implantación de las Obras Misionales Pontificias, que en los tiempos anteriores al Concilio se habían proyectado a todas las facetas de la vida católica española. No desciendo a detallarlas y describirlas, porque pienso que ilustraremos más el tema partiendo del impulso y la obra realizada por una persona clave para la extraordinaria difusión que tuvo el tema misionero en nuestro país.

Me refiero a alguien con quien Baltasar Pardal tuvo una enriquecedora relación personal e institucional: Ángel Sagarmínaga Mencieta. Nacido en la localidad vizcaína de Yurre (1890), había cursado la carrera eclesiástica en la universidad jesuítica de Comillas, cuyos títulos propiciaron que fuera catedrático de Teolología en el célebre seminario de Vitoria a partir de 1917. Desde allí potenció la obra misional diocesana, que se distinguió pronto por su organización institucional y pastoral, enviando sus mejores sacerdotes a países de Misión. Lo impulsó especialmente el obispo Zacarías Núñez (1922-27), que culminaría su episcopado como arzobispo de Santiago (1927-33), y del cual llegó a ser Baltasar Pardal el hombre de confianza, a quien nombró moderador diocesano del Catecismo, cargo que ejerció hasta su muerte.

Ángel Sagarmínaga fue persona clave para la mentalización e institucionalización misionera en España hasta los tiempos conciliares, creando unas infraestructuras que se prolongaron por varias décadas: organización nacional y diocesana, económica y administrativa, campañas, jornadas, publicaciones, congresos… En la onda de ese impulso creció y se proyectó el espíritu misionero de Baltasar Pardal en las décadas de 1940-1960, incluida su labor como subdelegado diocesano desde 1954, hasta su muerte en 1963.

Solamente desde ese presupuesto podemos referirnos ahora al Concilio Vaticano II, cuya primera sesión (octubre-diciembre 1962) vivió Baltasar Pardal con interés, aunque murió sin poder seguir sus debates, aprobación de documentos, nuevas ideas y disposiciones. Sin duda muchas de éstas procedían de la época en que él las vivió y propagó, pero otras dieron paso a una Iglesia renovada en que sin duda le hubiera gustado trabajar apostólicamente y seguir impulsando su Obra. Pero no podemos forzar los presupuestos, pues cada persona es hija de su tiempo y sus contextos inmediatos, aunque los carismas siempre se proyectan al futuro.

Para no multiplicar las referencias, nos centramos en los documentos conciliares, cuyos contenidos hubieran entusiasmado a Baltasar Pardal, dado su talante eclesial y su alta valoración del laicado y las misiones: los decretos sobre el apostolado de los laicos y la actividad misionera de la Iglesia, aprobados ambos en la última sesión conciliar (diciembre de 1965) con el mayor número de votos y cuyos contenidos se reflejan en gran parte de los otros documentos. Sólo como ejemplo de lo que decimos, se ofrecen unos textos suficientemente ilustrativos, que no precisan comentario, pues evidencian el gran cambio experimentado en la concepción ambos temas: