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HOMILÍA DE MONS. FRANCISCO J. FROJÁN MADERO EL 30 DE AGOSTO DE 2011

Don Baltasar Pardal Vidal
Eucaristía y emergencia educativa
 EL_POSTULADOR

Queridas Hijas de la Natividad, Sacerdotes,

Miembros de las distintas comunidades religiosas, 

 Amigos y amigas de La Grande Obra de Atocha:

 Agradezco vivamente la invitación que la Srta. María Pulleiro, Directora General del Instituto Secular de las Hijas de la Natividad de María me ha cursado, en nombre de todas sus Hermanas, para presidir esta celebración del Aniversario
de la Inauguración de La Grande Obra de Atocha, acaecida en el ya lejano 1923. Si bien lo ha hecho por mi condición de Postulador de la Causa de Beatificación y Canonización de su Fundador, don Baltasar Pardal Vidal, yo me encuentro aquí, además, por otras dos razones fundamentales: primero para expresarles mi cercanía espiritual y mi afecto, siempre vivo desde cuando, a mi paso por el Seminario, las he conocido. El ejemplo, silencioso y humilde, de tantas Hijas de la Natividad, -algunas nos acompañan ya desde el cielo-, ha sido motivo de gracia en mi vida. En segundo lugar por mi admiración al sacerdote condiocesano, don Baltasar.

Festejamos este día, el más importante del Instituto, en el que muchas de Ustedes recuerdan también su Profesión y Votos Perpetuos, de la mejor manera que se puede hacer: con la celebración de la Eucaristía.

La Eucaristía fue uno de los centros neurálgicos de la vida de don Baltasar. Sus coloquios espirituales, profundos, afectivos y fértiles, le permitían un encuentro personal e íntimo con Jesucristo, del que derivaban todos sus deseos y pensamientos.

 Este amor eucarístico que, juntamente con la devoción a María, ha impregnado todo su quehacer pastoral, lo llevó a trabajar incansablemente para acercar las almas al manantial mismo de la gracia, especialmente las de aquel grupo incipiente de jóvenes en el cual fundamentaría y daría continuidad a su Obra. Y también las de los niños de Atocha, por entonces un barrio marginal de esta ciudad de La Coruña, de modo que descubriendo a Cristo en la Eucaristía, hablando con Él y escuchándole, se multiplicasen después en actos de caridad fraterna.

Su amor a los niños, a los pobres, y su preocupación por regenerar a la mujer y promoverla socialmente, le llevó a ejercer la caridad en grado heroico, procurando satisfacer sus necesidades materiales esenciales, desarrollar su intelecto y de ese modo llevarlos a Dios. Así consta en las actas de la Relatio et Vota Congressus peculiaris super Vírtutibus, del 6 de noviembre del 2006.